EL BORDADO EN EL BUMBA-MEU-BOI DE LA FLORESTA: SABER MANUAL, MEMORIA SOCIAL Y DISEÑO POPULAR EN MARANHÃO

Publicado em 13/03/2026 - ISBN: 978-65-272-2216-3

DOI
10.29327/1767853.1-24  
Título do Trabalho
EL BORDADO EN EL BUMBA-MEU-BOI DE LA FLORESTA: SABER MANUAL, MEMORIA SOCIAL Y DISEÑO POPULAR EN MARANHÃO
Autores
  • Marla Graziela Batalha
  • Juliana de Morais Lasak
Modalidade
Resumo expandido
Área temática
Artesanía y Economía Solidaria
Data de Publicação
13/03/2026
País da Publicação
Brasil | Brasil
Idioma da Publicação
pt-BR
Página do Trabalho
https://www.even3.com.br/anais/i-encuentro-diseno-y-antropologia-america-latina/1299284-el-bordado-en-el-bumba-meu-boi-de-la-floresta--saber-manual-memoria-social-y-diseno-popular-en-maranhao
ISBN
978-65-272-2216-3
Palavras-Chave
Bordado. Bumba-Meu-Boi. Cultura popular. Antropología del arte.
Resumo
El Bumba-Meu-Boi de Maranhão constituye una de las expresiones culturales más ricas y complejas de Brasil. Reconocido como patrimonio cultural inmaterial, este festejo no es solo espectáculo o entretenimiento, sino un entramado simbólico que articula dimensiones artísticas, religiosas, sociales y políticas. La fiesta moviliza a comunidades enteras, organiza calendarios, establece redes de solidaridad y produce identidades colectivas. Dentro de este sistema, el bordado se revela como práctica central. Sin el bordado, el boi no nace: el cuero del animal y los trajes de los brincantes solo cobran vida una vez que han sido minuciosamente bordados, y es entonces cuando la danza puede ocupar las calles. En este sentido, el bordado es condición de existencia de la fiesta, ya que da forma a los cuerpos, proyecta significados y actualiza cada año la memoria de la comunidad. Desde el punto de vista técnico, el bordado del Bumba-Meu-Boi se distingue por su especificidad frente a otras tradiciones. En lugar de limitarse al uso de aguja, hilo y tela, incorpora materiales como mostacillas, canutillos, lentejuelas, espejuelos, cintas y terciopelo, que generan composiciones de gran brillo, relieve y densidad visual (AZEVEDO, 2021). El procedimiento es paciente y laborioso: cada pieza se fija individualmente con puntadas repetidas una y otra vez, hasta formar mosaicos de luz que deslumbran tanto en los trajes de los brincantes como en el cuero del boi. La preparación de un solo panel puede llevar semanas o incluso meses, lo que refuerza el carácter colectivo del trabajo. El proceso se organiza en varias etapas: primero se elabora el diseño que será bordado, una fase creativa en la que se seleccionan motivos, colores y composiciones que responden a la temática anual definida por el grupo; después se traza ese diseño en la tela y se prepara el bastidor, pieza fundamental para mantener el tejido estable durante el bordado (AZEVEDO, 2021); y solo entonces comienza la ejecución manual, en la que cada mostacilla, canutillo o lentejuela es colocada con cuidado, fijada al tejido con puntadas sucesivas. El trabajo se reparte entre bordadoras experimentadas y ayudantes, que colaboran en diferentes etapas, incluyendo la selección de materiales o la repetición de patrones simples, lo que convierte al bordado en un espacio pedagógico y de socialización. Este carácter colectivo transforma la técnica en un verdadero dispositivo pedagógico. El aprendizaje no ocurre de manera formal, sino mediante la observación, la repetición y la convivencia. Los niños y jóvenes se integran en el proceso mirando a las maestras, escuchando sus relatos y reproduciendo lentamente los gestos que observan. En este contexto, la enseñanza no transmite solo el “cómo hacer”, sino también el “por qué hacer”. En cada puntada circulan historias del grupo, recuerdos de celebraciones anteriores, valores de solidaridad y devociones religiosas. El bordado funciona, así, como pedagogía cultural (COELHO, 2023), una práctica en la que el saber manual se convierte en vehículo de memoria y pertenencia. La temporalidad del bordado también es singular: se extiende durante meses previos a la fiesta, organizando la vida cotidiana de la comunidad. En las casas o talleres donde se borda se comparten comidas, se cuentan historias y se transmiten secretos técnicos. Bordar no es solo producir ornamentos, sino convivir, sostener lazos y reforzar identidades. En este sentido, el bordado no se limita al objeto final: es un proceso de creación comunitaria que fortalece la cohesión social. La estética del bordado se caracteriza por motivos recurrentes como flores, aves, corazones, estrellas, santos y arabescos. Cada elemento tiene significados particulares: las flores evocan fertilidad y abundancia; los pájaros, la libertad y el vínculo con la naturaleza; los corazones, la devoción y la protección; las estrellas, la esperanza y la belleza (IPHAN, 2011). Estos símbolos no solo embellecen las prendas y el cuero del boi, sino que también revelan las creencias y valores invisibles que atraviesan la vida comunitaria. En este sentido, el bordado conecta lo visible —colores, formas, brillo— con lo invisible —emociones, cosmologías, espiritualidad—, convirtiéndose en un lenguaje estético y simbólico de la comunidad. El cuero bordado del boi ocupa un lugar especial, ya que sintetiza la temática anual del grupo. Cada año, el diseño del cuero cambia, incorporando nuevos motivos que reflejan las elecciones colectivas de la comunidad. Así, el bordado no es solo repetición de patrones tradicionales, sino también actualización y recreación de la tradición. Cada pieza bordada se convierte en un palimpsesto en el que conviven pasado, presente y futuro. Desde la antropología interpretativa, el bordado puede entenderse como una red de significados (GEERTZ, 2008). Cada puntada condensa narrativas que solo pueden interpretarse dentro del contexto cultural que las produce. En esta clave, el bordado no es un objeto ornamental, sino un texto social que requiere una descripción densa. La noción de línea de Ingold (2013) permite comprender el bordado como forma expandida de dibujo: cada hilo que atraviesa la tela es un trazo que habita el mundo, un gesto que fabrica realidades. Así, el bordado es a la vez antropología y diseño: una práctica que crea y comunica mundos. La teoría de la agencia en el arte también aporta a esta reflexión. Según Gell (1998), las obras artísticas no son objetos pasivos, sino agentes que actúan sobre quienes las observan o utilizan. Los bordados del Bumba-Meu-Boi movilizan emociones, generan orgullo comunitario y refuerzan vínculos de pertenencia. Ribeiro (1985) refuerza esta idea al mostrar que las técnicas artesanales no se separan de la cosmología de los pueblos que las producen: bordar, en este caso, es también producir y reproducir un modo de habitar el mundo. Appadurai (1986) recuerda que los objetos tienen “vidas sociales”: los bordados circulan en contextos locales, pero también participan en mercados culturales y procesos de patrimonialización, atravesando escalas que van de lo íntimo a lo global. Poole (1997) subraya la dimensión de la economía visual latinoamericana, en la que se inscriben estas prácticas, mientras que Morphy (1989) destaca que el arte solo puede entenderse dentro de las prácticas sociales que lo sostienen. Martín-Barbero (1987) propone pensar estas prácticas como mediaciones culturales: en el caso del bordado, se trata de una mediación entre tradición y contemporaneidad, devoción y espectáculo, lo local y lo global. Finalmente, Velho (1981) invita a analizar la cultura popular como campo de negociación simbólica en la sociedad contemporánea, perspectiva que también ilumina el bordado como práctica en constante redefinición. Investigaciones recientes permiten profundizar esta lectura. Azevedo (2021) interpreta el bordado como práctica en espiral, que desafía la linealidad del tiempo e instaura un ritmo propio, en el que presencia, memoria y cuidado se entrelazan. Bordar, así, es un ejercicio de atención distendida, que acompaña el ciclo festivo del boi. Coelho (2023) muestra que el bordado puede analizarse como diseño participativo, en el que la comunidad produce colectivamente sus ornamentos de manera autónoma y sostenible. En colaboración con otros autores, Coelho et al. (2022) lo conceptualizan como diseño sistémico, articulando personas, materiales, técnicas y contextos en un proceso interdependiente. Estos estudios refuerzan la idea de que el bordado es un proceso situado, inseparable del territorio y de la colectividad que lo produce. El reconocimiento del bordado como patrimonio cultural inmaterial por el IPHAN (2011) también confirma su relevancia. No obstante, patrimonializar no significa congelar la práctica, sino destacar su capacidad de reinvención. Cada año, los grupos renuevan sus bordados, introduciendo innovaciones que dialogan con la tradición y con las transformaciones de la sociedad contemporánea. De este modo, el bordado se mantiene como una tradición viva, que preserva y al mismo tiempo recrea significados. Metodológicamente, esta investigación se apoya en la etnografía y la observación participante. Acompañar el proceso de bordado, convivir con las bordadoras, observar los bastidores de la fiesta y escuchar las narrativas que circulan en torno al trabajo permite acceder a dimensiones que van más allá de la técnica. El objetivo principal es identificar en el bordado una epistemología antropológica: un modo de producir conocimiento desde la manualidad, en el que cuerpo, memoria y colectividad se articulan. Este enfoque decolonial subraya que los saberes manuales no son simples técnicas, sino formas de conocimiento que producen mundos y transmiten cosmovisiones. Cada puntada no solo representa, sino que también constituye un acto de creación de realidad, de inscripción de memoria y de proyección de futuro. En conclusión, el bordado del Boi da Floresta es simultáneamente arte, práctica social y gesto político. Es arte porque produce belleza, emoción y estética compartida; es práctica social porque organiza la vida comunitaria, moviliza familias y transmite saberes; es gesto político porque afirma la resistencia cultural de un pueblo que transforma su tradición en afirmación de identidad frente a la invisibilización de los saberes manuales. Reconocer el bordado como epistemología significa reconocer que existen formas de conocimiento encarnadas en los hilos, en las manos y en la colectividad. Cada puntada es línea de memoria y de resistencia, inscripción estética y epistemológica que proyecta el futuro sin romper con el pasado. En Maranhão, bordar el boi es bordar también la continuidad de una comunidad y la afirmación de una epistemología latinoamericana. Así, la intersección entre antropología y diseño encuentra en el bordado del Bumba-Meu-Boi un campo fértil para pensar y afirmar epistemologías situadas, fundadas en la manualidad, la colectividad y la potencia creativa de las culturas populares.
Título do Evento
I Encuentro de Antropología y Diseño en América Latina
Cidade do Evento
São Luís
Título dos Anais do Evento
Cuaderno de Resúmenes del Encuentro de Antropología y Diseño en América Latina
Nome da Editora
Even3
Meio de Divulgação
Meio Digital
DOI

Como citar

BATALHA, Marla Graziela; LASAK, Juliana de Morais. EL BORDADO EN EL BUMBA-MEU-BOI DE LA FLORESTA: SABER MANUAL, MEMORIA SOCIAL Y DISEÑO POPULAR EN MARANHÃO.. In: Cuaderno de Resúmenes del Encuentro de Antropología y Diseño en América Latina. Anais...São Luís(MA) ENES-Morelia / UNAM, 2026. Disponível em: https//www.even3.com.br/anais/i-encuentro-diseno-y-antropologia-america-latina/1299284-EL-BORDADO-EN-EL-BUMBA-MEU-BOI-DE-LA-FLORESTA--SABER-MANUAL-MEMORIA-SOCIAL-Y-DISENO-POPULAR-EN-MARANHAO. Acesso em: 22/05/2026

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